Gabriel Salazar: Ser chileno… en la medida de lo posible

 

Históricamente, entre 1819 y 2010, Chile como nación fue construida desde Santiago por el “patriciado mercantil”, que se atrincheró comercial y políticamente en la capital colonial del Reyno de Chile, donde se instalaron las magistraturas políticas y administrativas del centralizadísimo Estado Imperial español.
Por eso, dicho patriciado pudo comprar, a gran precio, el segmento inferior de esas magistraturas (la Superintendencia de la Casa de Moneda, la Superintendencia de Aduanas, etc.), lo que le permitió heredar la idea centralista de gobernar todo el territorio y controlar, a la vez, todo el comercio exterior del país desde la capital. Téngase presente que la Independencia eliminó sólo la cúpula del Estado Imperial: el Rey, el Consejo de Indias, la Casa de Contratación de Sevilla, el Gobernador del Reyno y la Real Audiencia, pero no eliminó las magistraturas inferiores del Estado Colonial, sobre las cuales el patriciado santiaguino había tenido control desde el siglo XVIII. De allí brotó su compulsión a construir el Estado “nacional” de acuerdo al corazón centralista de esas magistraturas, el que permitía establecer la hegemonía política total de Santiago sobre las provincias. La elite santiaguina se jugó a muerte por el centralismo (de raigambre monárquico-colonial), el que logró instalar bajo el liderazgo golpista del comerciante Diego Portales, quien organizó un ejército mercenario pagado por él mismo (el Ejército patriota no era partidario del centralismo) y comandado por los jefes “felones” Joaquín Prieto y Manuel Bulnes. Ese ejército triunfó en la sanguinaria batalla de Lircay (1829). Así, a través de un cruento golpe de Estado, Santiago impuso su dominación.
Los restantes “pueblos” (una cincuentena) se opusieron al proyecto centralista de Santiago y lucharon por instalar un Estado descentralizado, democrático, volcado a la producción agrícola, minera y manufacturera y no sometido al los monopolios mercantiles. Tras la victoria, el patriciado de la capital inició la gran tarea de formar una “nación” (en tanto dominada por “un” Estado centralista y “una sola” gran oligarquía mercantil) a costa de ir borrando del mapa la soberanía productiva y ciudadana de los 50 pueblos restantes. Con ayuda del Ejército -que fue modelado en conformidad al proyecto centralista- fue aplastando la resistencia de los “pueblos” de provincia (guerras civiles de 1829, 1837, 1851 y 1859), la economía y la cultura locales y las comunidades que habían surgido en torno al trabajo productivo. La crisis y la pobreza resultantes obligaron a la población a emigrar masivamente a Santiago. Centenares de miles se fueron también del país. A dos tercios del pueblo mapuche se les despojó de sus tierras. Santiago, y sólo Santiago, era “Chile”… Pero los que emigraron a Santiago, si bien allí podían ser “chilenos” (según la nacionalidad construida a sangre y fuego por la capital), no tuvieron ni suficientes medios de vida, ni plenitud identitaria, ni riqueza cultural autóctona, ni una efectiva soberanía ciudadana.Llegaron campesinos que habían perdido tierras, yuntas y azadones; pirquineros que habían perdido las minas que habían descubierto; y millones de huachos rotosos que no tuvieron padre. Y fue así como se hincharon, hasta reventar, los conventillos. Y después, las poblaciones callampa. Y, más tarde, los campamentos. Y las “poblaciones”. Hasta que tuvimos ganas de saquear…
Por eso, el “ser chileno” es una abstracción impuesta por los comerciantes de Santiago. Y por eso los mercaderes -que siguen dominando todo- son más chilenos que nadie, porque son más golpistas que ninguno. Son los forjadores “unitaristas” de la “nación”. Y por eso los demás somos chilenos “en la medida de lo posible”. Y por eso somos una variedad enorme de seres marginales. Tanto, que constituimos la verdadera esencia de la chilenidad (residual).

Publicado en http://enlarectaprovincia.blogspot.com/2010_09_01_archive.html

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